viernes, 15 de septiembre de 2017



A los niñ@s les encanta tirar las cosas por el suelo es una manera de jugar divertida, debemos convertir la recogida de juguetes también en un juego divertido.

Por obligación ningún niñ@ quiere recoger, pero si se plantea como un juego, y/o a través de canciones o cuentos pronto los peques por si solos recogen lo que han esparcido por el suelo.

Cuento para recoger juguetes.

Érase una vez un niño que cambió de casa y al llegar a su nueva habitación vió que estaba llena de juguetes, cuentos, libros, lápices... todos perfectamente ordenados. Ese día jugó todo lo que quiso, pero se acostó sin haberlos recogido.
Misteriosamente, a la mañana siguiente todos los juguetes aparecieron ordenados y en sus sitios correspondientes. Estaba seguro de que nadie había entrado en su habitación,aunque el niño no le dio importancia. Y ocurrió lo mismo ese día y al otro, pero al cuarto día, cuando se disponía a coger el primer juguete, éste saltó de su alcance y dijo "¡No quiero jugar contigo!". El niño creía estar alucinado, pero pasó lo mismo con cada juguete que intentó tocar, hasta que finalmente uno de los juguetes, un viejo osito de peluche, dijo: "¿Por qué te sorprende que no queramos jugar contigo? Siempre nos dejas muy lejos de nuestro sitio especial, que es donde estamos más cómodos y más a gustito ¿sabes lo difícil que es para los libros subir a las estanterías, o para los lápices saltar al bote? ¡Y no tienes ni idea de lo incómodo y frío que es el suelo! No jugaremos contigo hasta que prometas dejarnos en nuestras casitas antes de dormir"
El niño recordó lo a gustito que se estaba en su camita, y lo incómodo que había estado una vez que se quedó dormido en una silla. Entonces se dio cuenta de lo mal que había tratado a sus amigos los juguetes, así que les pidió perdón y desde aquel día siempre acostó a sus juguetes en sus sitios favoritos antes de dormir.

viernes, 8 de septiembre de 2017


Bienvenid@s de nuevo peques.
Hoy hablaremos de la adaptación:
Que complicado parece, pero en realidad tampoco es tanto. Todo depende del niñ@, ya que cada peque necesita de su tiempo.
Debemos ser pacientes, ya veréis como poco a poco y más pronto que tarde los peques se adaptan a las nuevas rutinas. También tenemos  que tener en cuenta que en su corta vida este periodo es complicado para ell@s, ya que salen de un lugar seguro ( casa ) a otro desconocido para ellos.
Si bien es normal que al principio lloren a la entrada, e incluso a la salida, este espacio de tiempo es bastante breve aunque nos parezca una eternidad.
Si se puede, dejarlos en principio poco rato. Podemos traer algún juguete, mantita... o cualquier objeto de casa para que se sientan más seguros.
Haremos todo lo que esté en nuestras manos para que tengáis una rápida y feliz adaptación.

viernes, 30 de junio de 2017


Nos despedimos hasta Septiembre con una emotiva carta de: Luis Aretio psicólogo infantil de Sevilla

Los docentes también lloran.



Todos hemos tenido una maestra o un maestro que recordamos de manera entrañable por su ternura o su paciencia; los hubo y los habrá que no, que los recordemos por su firmeza o exigencia, pero todos tienen un denominador común, todos han sido habitantes del planeta escuela.

Son personas como tú y como yo, salvo que a ellos les exigimos un extra de autocontrol, de sobre atención con cada uno de nuestros hijos y un extra de tiempo y calma ante las exigencias del sistema. Y no, no creo que sean súper héroes ni súper villanos, son seres normales y corrientes; son madres, son padres y algunos hasta abuela o abuelo. Son de carne y hueso; sienten, sufren y padecen como cualquiera.

Los docentes también lloran de pena al decir adiós a sus alumnos: te conozco, te acompaño, te guió, te cuido, te respeto y te educo, para luego decirte adiós una y otra vez. Cambian las caras, los nombres, las historias, pero todo se repite con una cadencia de ciclos entrañables, una y otra vez.

Los docentes también lloran de dolor al saberse menospreciados o agredidos tan sólo por ejercer su trabajo, de convivir con el insulto o la falta de respeto, y a pesar de ser inmerecido, soportan la carga como si fuera parte de su mochila. Os aseguro que un docente no recibe formación específica para soportar reproches. Eso no se estudia en ninguna asignatura, eso se aprende a base de experiencias a veces muy ingratas.

Los docentes también lloran de impotencia cuando ven que no consiguen sacar de sus alumnos todo lo que saben que pueden llegar a dar; y se revuelven entre técnicas de motivación, de refuerzos imaginarios, de paciencia infinita, de inventos caseros pensados para esos alumnos que no olvidan incluso estando fuera de la escuela. Eso sí que es llevarse el trabajo a casa, pero en el alma.

Los docentes también lloran de frustración; esos noveles que llegan a las aulas queriendo comerse el mundo con tal intensidad que terminan muchas veces sin saber por qué ni cómo, pero al final es el mundo quien les ha comido a ellos. Sus expectativas más idealizadas chocan contra el muro de la rutina y del sistema, dando al traste con muchas de sus ilusiones.

Los docentes también lloran de desesperación hasta obtener una plaza definitiva, llevando siempre en la maleta el estigma de los inicios de la profesión. Aquí te toca aquí te aguantas; da igual que te venga bien o mal, que tengas hijos, proyectos o familiares que te necesiten. No importa, hay que estar disponibles, siempre disponibles.

Los docentes también lloran de amor, de alegría y satisfacción cuando cada curso sienten que su empeño ha servido para ir más allá de la didáctica académica. Cuando ven su esfuerzo en el proceso y en los resultados. Cuando en muchos casos han surgido lazos con sus alumnos o familias que traspasan de lo profesional a lo personal. Siempre hay un recuerdo especial que conecta con cada una de las personas que pasan por sus aulas. Es increíble. ¿Cómo se puede guardar tanto cariño en un sólo corazón?

Detrás de cada docente hay una historia de vida, de obstinación incluso hasta llegar a ejercer su carrera, su profesión, su decisión de vida; porque ser y dedicarse a la docencia no es una causalidad, es más bien una actitud muy premeditada.

Después de la familia directa, las educadoras y las maestras son las primeras figuras de apego de nuestros hijos fuera de casa. Con ellas se adaptan a un mundo nuevo de experiencias, de destrezas y herramientas, de fichas, de bocadillos imposibles de recomponer y de zumos desparramados sin control por el aula. Son quienes como por arte de magia adentran a nuestros hijos en el maravilloso mundo de las letras, los números, los colores y de las primeras palabras raras. Se crea entre ellos un lazo invisible trenzado a base de normas, sonrisas y mucha complicidad.

Los días viajan en el tiempo llevando la práctica docente como referente una mañana tras otra, tragando saliva, dolor de garganta, tirando del “buenos días con alegría” como si nunca les pasara nada, como si algo sobre humano les hubiera inmunizado de las penas propias y ajenas… y nada más lejos de la realidad. Soportan lo insoportable incluso a veces más allá de lo razonable, pero sólo son personas, sólo eso.

Nunca olvidemos de dónde venimos ni a quiénes debemos lo mucho que hoy somos y sabemos; porque todo lo que se enseña con cariño se conserva en la retina de los buenos recuerdos.

Gracias Docentes, hoy queremos que vuestras lágrimas sean también nuestras.

No es magia, es educación.

Luis Aretio
Felices Vacaciones y hasta pronto.